
Oculto en el bosque entre la enmarañada maleza había un pozo abandonado. El sol nunca conseguía penetrar hasta su fondo, por lo que el pozo estaba oscuro y húmedo y sólo lo habitaban unas cuantas ranas. En las copas de los árboles, sin embargo, anidaban las golondrinas, que revoloteando de rama en rama, disfrutaban del calor del sol y del color de las flores. Las pequeñas ranas del fondo se parecían bastante a las personas: estaban siempre ocupadas, trabajando día tras día, en un mundo sin color ni fragancia, sin variedad ni belleza, sin libertad… Su única finalidad en la vida perecía ser producir y producir, constantemente vigiladas por sus jefes, las ranas grandes. Cierto día de verano, en el que un hilo de sol había logrado penetrar en el pozo, una osada golondrina bajó a ver lo que allí pasaba. Entrando y saliendo cantaba la alegría y la libertad. Su canto incitaba a las ranas a vivir una vida mejor, a descubrir la experiencia de los días soleados y del cielo azul, de los placeres del amor y la libertad. Las ranas pequeñas escucharon embelesadas. Pero las grandes pretendieron interrumpir el canto de la golondrina. Poco después de aquello, hubo una revolución en el pozo: las ranas pequeñas hicieron frente a las grandes y, tras un largo conflicto, derrotaron a sus explotadoras.
Señor Jesús: Tú nos has creado para ser felices, para disfrutar de este mundo inmenso y precioso que nos has regalado. Ayúdanos a desarrollarlo y a conservarlo para que los que nos han de seguir, disfruten también de él. Te pedimos por los últimos de esta tierra nuestra, por aquéllos a los que les ha tocado la peor parte.

