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Durante la cena, (…) Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó. Después echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida. Llegó, pues, a Simón Pedro, el cual le dijo: —Señor, ¿tú me lavas los pies? Jesús respondió: —Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replicó Pedro: —No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: —Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dijo Simón Pedro: —Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza. (…) Cuando les hubo lavado los pies, se puso el manto, se reclinó y dijo: —¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien. Pues si yo, que soy Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho. (…) Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado. En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros. (Jn 13, 3-5.12-15.34-35)
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Señor Jesús: ¡Qué difícil nos lo pones! Nosotros que solemos querer que nos sirvan, y nos da vergüenza que nos vean hacer cosas por los demás. Ser un pringao es casi lo último. Te pedimos que le des la vuelta a nuestro corazón y no nos importe nada más que Tú. Porque, como dijiste también, Tú eres el que tienes palabras que dan verdadera vida. Acuérdate también de los pringaos que sostienen el mundo. Dales fuerza para seguir haciéndolo. Amén.
