¿Y TÚ, QUÉ HACES?

En mi infancia asistí a un colegio religioso, donde nos hablaron tanto de justicia, solidaridad y ayuda al prójimo, que yo crecí con una auténtica obsesión por la justicia. No me perdí una sola de las muchas manifestaciones que se hacían contra la globalización, las guerras preventivas, la colonización americana de América Latina… Mi rebeldía llegó incluso a mi trato con Dios, con el que me encaraba frecuentemente pidiéndole explicación a esa diferencia, cada día mayor, entre los países ricos y los países pobres; ese abismo entre lo que los políticos prometían y lo que luego no daban. Un día que vi una niña aterida y tiritando de frío, con cara de no haber comido desde sabe Dios cuándo, me encolericé y le dije a Dios: “¿Por qué permites estas cosas? ¿por qué no haces nada para solucionar estas injusticias, tú que lo puedes todo?”. Él no me respondió. Pero una vez en la cama, de improviso, oí una voz que me decía: “Ciertamente que he hecho algo: te he hecho a ti”.

Señor Jesús: ¡Seguro que más de uno de nosotros se ve retratado en el protagonista de esta historia!. Con qué facilidad te pedimos que arregles los problemas de nuestra vida diaria, de nuestra familia, del país. Incluso puede que también nosotros nos encolericemos contigo cuando vemos los muertos en las pateras, en Siria, en Palestina o los niños famélicos de África. Ayúdanos a comprender que nos has creado para que hagamos algo a favor de esta gente. Te pedimos por los que mueren en las pateras, por las víctimas del terrorismo y la guerra, por los hambrientos, los obligados a prostituirse…