
Cuentan los viejos del lugar que una vez existió en el pueblo una persona que según el día –algunos dicen que según la luna- se pasaba las horas muertas con los vecinos y llegaba a empacharlos de amabilidades y carantoñas; mientras que otros días –otras lunas- era la persona más seca y áspera del contorno, con la que era mejor no tropezarse.
Y cuentan los viejos del lugar que eso fue así hasta que un sabio, andrajoso y sin afeitar pasó por el pueblo, oyó el comportamiento de este vecino y le contó la siguiente historia: “En un día del frío invierno, un grupo de erizos intentó juntarse para darse calor. Les resultó imposible, porque con sus afiladas púas se hacían más daño que calor se transmitían. Lo intentaron una y otra vez, porque el frío aumentaba. Unas veces se quedaban tan distantes que no se daban calor y otras tan cerca que se herían unos a otros…Hasta que, tras muchos intentos, encontraron la distancia justa: ni demasiado lejos, ni demasiado cerca. También en nuestra vida y en el trato con las personas lo importante es saber encontrar la distancia justa”.
Señor Jesús: ¡Encontrar la distancia justa, ahí es nada!. A nosotros, por nuestra edad nos cuesta mucho eso de la “distancia justa”: cuando nos enamoramos de una persona o de una actividad… ya no vivimos más que para eso. Pero todos los extremos son malos.
Ayúdanos a encontrar la medida justa en nuestras relaciones con los otros, en el estudio, en las aficiones…
Te pedimos esta mañana por esas personas que no llegan o se pasan siempre.

