JUZGADO Y CONDENADO

Hubo un escritor que tuvo la valentía de imaginar un juicio que él no vivió. Un juicio, ciertamente, el más importante de la historia de los hombres. Un juicio en el que, sorpresivamente, el acusado se reconoce culpable, no porque cometiera ningún delito, sino porque aquello de lo que lo acusaba el juez era la tarea más hermosa que jamás se ha realizado. Escuchemos: -“Acusado –dijo el juez- se os acusa de incitar a la gente a quebrantar las leyes, tradiciones y costumbres de nuestra religión… Se os acusa también de frecuentar la compañía de herejes, prostitutas, pecadores públicos, recaudadores de impuestos y emigrantes extranjeros… Por último, se os acusa, además, de revisar, corregir y poner en duda la imagen de nuestro Dios, y de nuestro comportamiento religioso hacia Él… ¿Cómo os declaráis”. -“Culpable, señoría”. -“¿Cuál es vuestro nombre, acusado?” -“Jesús de Nazaret, señoría”.

Señor Jesús: ¡Cómo somos los hombres!  Teniendo una inteligencia tan brillante, somos capaces de cometer errores tan graves, de tanta trascendencia, como el de este juicio: ¡condenarte a ti, por predicarnos un Dios enamorado de los seres humanos hasta el punto de hacerlos hijos suyos!  

Perdónanos, Señor. Te pedimos por los creyentes en tu Hijo Jesús, para que cada día nos reafirmemos más en el amor que Dios nos tiene; y por aquellos que todavía no creen en Él.