VISITA A LA CATEDRAL

Me han invitado a visitar la Catedral. Una joven guía comienza a contarme la historia.

“Al principio era la muralla. Luego se aprovechó una de las paredes para construir una capilla. Pasaron decenas de años y la capilla se convirtió en una iglesia. Un siglo más tarde, la iglesia se convirtió en una catedral gótica. La catedral conoció momentos de gloria, pero empezó a tener problemas y fue abandonada. Pasó por reformas que deformaron su estructura, pero cada generación pensaba que había resuelto el problema. Y así, en los siglos que siguieron, levantaban aquí una pared, demolían una viga allá, abrían y cerraban vidrieras… La catedral lo aguantaba todo”.

Luego comenzamos a caminar por dentro del esqueleto de la catedral: está vacía, desnuda. No tiene ni suelo, ni techo, solo vigas que se sostienen casi en el aire. Esta vez los arquitectos aseguran que encontrarán la mejor solución, y que por eso la quieren poner “desnuda”. Hay andamios por todos los sitios, grandes teorías sobre los pasos futuros y críticas a lo que se hizo en el pasado.

Y de repente, en medio de la nave de la catedral, me doy cuenta de algo muy importante: la catedral desnuda soy yo mismo y cada uno de nosotros. Todos, vamos creciendo, cambiando de forma, nos damos cuenta de puntos débiles que hay que corregir, no siempre escogemos la mejor solución, pero, pese a todo, seguimos de frente, intentando mantenernos erguidos, para así honrar no las paredes, ni las puertas, ni las ventanas, sino el espacio vacío que hay allí dentro, el espacio donde adoramos y veneramos aquello que nos es querido e importante.

Es necesario renovarnos, quitar aquí y allá… limpiar un poco el polvo de la costumbre que hay dentro de nosotros para que Jesús que nació en esta Navidad tan cercana, pero quizás también tan lejana, se sienta a gusto  en nosotros, en nuestro vacío, en el lugar donde le adoraremos durante todo el año.

Amigos: animaos a construiros con solidez.

 

PADRE NUESTRO